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ÉXITO VERSUS FRACASO - Lucas 19.1-10

En algún momento de la vida, todos nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Mi vida ha sido un éxito o un fracaso? Hace unos días celebramos las bodas de oro de mis padres, ¡cincuenta años casados! Ante un auditorio en el que se incluían familiares y amigos sin un encuentro con Cristo hice alusión a la facilidad con la que evaluamos la vida de los demás (en este caso cinco décadas de matrimonio) pero cuán difícil es evaluarnos a nosotros mismos. Os puedo asegurar que algunos rostros se descompusieron. Nos cuesta mucho enfrentarnos a nuestra propia realidad, incluso a aquellos que caminamos con Jesús. Sin excepción, cada uno de los que leéis este artículo (un servidor el primero) tenemos una idea ya concebida sobre nuestra trayectoria vital. ¿Éxito o fracaso? ¿Hemos logrado lo que nos proponíamos en la vida? ¿Sí? ¿No? ¿A medias? ¿En algunos aspectos nos sentimos los más triunfadores del mundo y en otros unos fracasados? Esta reflexión se convertirá en un fraude si no definimos primero éxito versus fracaso. ¿Cómo entiende nuestra sociedad occidental el concepto de éxito? Permitidme simplificarlo mediante una fórmula matemática:

¿Es posible que aun nosotros como hijos de Dios estemos tentados de considerar nuestra vida con estos valores? De todo corazón deseo que no.

Os propongo que acudamos a revisar de nuevo los valores que nos propone “el reino de los cielos” a través del evangelio. ¿Qué cristiano no conoce prácticamente de memoria la historia de Zaqueo relatada en el evangelio de Lucas? ¡Qué bien describe esta narración histórica la tensión entre éxito y fracaso! Es muy interesante notar que de los cuatro evangelistas solamente es Lucas quien la incluye. ¿Recordáis cuando compartimos “la hipótesis documentaria” también llamada “la teoría de Streeter” como una posible forma de encajar tanto las diferencias como las s

imilitudes entre los evangelios sinópticos? Si damos por buena esa teoría nos encontramos frente a un relato en el que ninguno de los evangelistas repara, excepto nuestro querido Lucas. ¿Por qué? Muchos eruditos tildan a Lucas de gentil. Algunos sin embargo, discrepan y defienden el origen hebreo del “médico amado”. En cualquier caso, sí sabemos que su influencia y educación era plenamente griega y no judía. Por tanto, su forma de ver la vida, y por ende, su interpretación del éxito y fracaso pertenece a la cosmovisión de un hombre que percibe la vida de un modo occidental y no semítico, es de hecho, una perspectiva que se acerca a nuestra comprensión como ciudadanos occidentales del siglo XXI.

Lucas define a Zaqueo, en este orden, como: un hombre, un hombre judío, un hombre judío del primer siglo, un hombre judío del primer siglo situado en un lugar geoestratégico (Jericó), un hombre judío del primer siglo situado en un lugar geoestratégico (Jericó) con un nombre muy peculiar que reservo para más adelante. Hasta hace algunas décadas arqueólogos reputados como Werner Keller se atrevían a anunciar que Jericó era el asentamiento más antiguo de la humanidad como ciudad. Si bien es cierto que los descubrimientos posteriores a la segunda mitad del siglo XX han dejado superada esta conclusión es innegable que bajo los diferentes estratos arqueológicos llegamos a pruebas irrefutables de que Jericó fue habitada desde el Neolítico como mínimo. Por tanto, este relato transcurre en un lugar habitado ininterrumpidamente desde hace miles de años. El mismo significado de Jericó (buen olor) alude tanto a su situación como a su función. La ciudad era un lugar situado estratégicamente en las rutas comerciales que desarrollaba una más que intensa actividad económica. La ciudad estaba rodeada por bosques de árboles exóticos como balsameras (una especie arbustiva de la que se extraía resina para fabricar ungüentos y perfumes, de ahí el olor) y amplios palmerales desaparecidos hoy en día pero de los que quedaron algunos restos hasta principios del siglo XX según mencionan L. Bonnet y A. Schroeder en su Comentario del Nuevo Testamento. Una ciudad que basaba la creación de riqueza en la agricultura, la transformación de productos, y una exitosa actividad comercial, requería también una amplia y exhaustiva labor fiscalizadora. Aquí entra en juego nuestro amigo Zaqueo. Según relata Lucas, Zaqueo era más que lo mencionado hasta ahora. Era un publicano, o sea, un cobrador de impuestos. Por sí solo su estatus provocaba a partes iguales envidia y temor. Pero además no era un cobrador cualquiera, sino que era un jefe. De hecho, el término que utiliza Lucas (ἀρχιτελώνης) es exclusivo para referirse al cargo concreto de “jefe de cobradores de impuestos”. Era por tanto Zaqueo, desde un punto de vista económico un hombre tremendamente rico y corrupto tal como él mismo apunta en su confesión. Estamos frente a un triunfador de libro: ¡el éxito personificado!

Pero ¿estamos totalmente seguros de que era un triunfador? Veamos algunos detalles más. El significado hebreo del nombre Zaqueo es el de “puro”, qué ironía para alguien tan corrupto tal como él mismo se define en el verso 8 (tratándose en este caso de un eufemismo ya que los eruditos coinciden en que no es una posible opción sino una confesión en toda regla de su latrocinio). Vamos a intentar arrojar algo de luz sobre el sistema fiscal romano para acercarnos lo más posible a la situación personal de Zaqueo. Todo ciudadano romano estaba exento del pago de impuestos. Sin embargo, sobre las provincias que no eran consideradas “amigas” de Roma por servicios prestados pesaban impuestos como el “estipendium” para cuya recaudación Roma designada a gobernadores o procuradores. Hasta aquí la legalidad. Pero a partir de ahí todo cargo público intermedio medraba, subsistía y se enriquecía mediante las comisiones. El procurador solía designar a una selección de las familias más ricas para que ellas pagasen el tributo a Roma (y su comisión personal) en nombre de todo el pueblo. Finalmente, estas familias contrataban los servicios de recaudadores profesionales cuyo objetivo era cobrar al pueblo directamente recuperando así los capitalistas obligados su inversión forzosa con intereses. De paso, obviamente, estos recaudadores obtenían también su beneficio en forma de comisiones. Resumiendo, el pueblo soportaba el pago de impuestos con los suficientes intereses para que el engranaje económico corrupto se mantuviese perfectamente engrasado. En otras palabras, Zaqueo era un eslabón del sistema corrupto romano con autoridad pero dentro del escalafón más bajo. O dicho de otra manera, así comenzaron las empresas de trabajo temporal y sociedades interpuestas. Era por tanto Zaqueo un hombre cuyo éxito le estaba haciendo pagar un precio muy alto: el del odio y del desprecio (véase verso 7). ¡Qué difícil debía ser cada mañana enfrentar el odio de quienes le veían como un traidor a su país trabajando para los opresores y encima corrupto! En realidad debía sentirse como un fracasado. Y es aquí donde Lucas, con su elegante griego nos da algunas pistas de la situación emocional de Zaqueo. Son claves para ello el uso que de los verbos se hace en los versos 3 y 4. Como sabemos bien todos los que hemos cantado de niños acerca de Zaqueo en escuelas bíblicas, este era bajito (posiblemente otro motivo para estar acomplejado). Y no es casual la existencia de un sicómoro al que hasta una persona de corta talla podía encaramarse con facilidad ya que era más bien un arbusto grande de ramas gruesas y paralelas al suelo con hojas relativamente grandes similares a las de la morera y en cuyo follaje era sencillo pasar desapercibido (no en vano se le llamaba también higuera egipcia por sus frutos). Pero volvamos a los verbos. “Procuraba” centra toda la tensión emocional de un hombre que se expone para ver a Jesús pero que “no podía” y por tanto pasa “delante” y “subió” a un árbol. Quería pero no se atrevía. Su aparente éxito contrasta con su vacío interior, con una necesidad urgente, con su ansiedad, con su desesperación; rico y tremendamente infeliz. Así hemos de interpretar “procuraba”.

Hasta aquí hemos visto a Zaqueo como un hombre de éxito o fracaso en su contexto histórico, cultural y geográfico. ¿Pero qué hay del punto culminante del relato? De nuevo los verbos nos aclaran mucho el encuentro de Jesús con Zaqueo. ¿Por qué no invierto el orden? Porque es Jesús quien busca en realidad a Zaqueo. Escondido en un árbol bajo y tupido es Jesús quién le ve a él, tenía un plan para Zaqueo desde antes. ¡Le llamó por su nombre sin haberle visto nunca! El Señor llegó, miró arriba, le dijo, le instó con urgencia, le mandó bajar y habló de una necesidad pero no era la de Zaqueo sino la del Mesías: “albérgame en tu casa”. La respuesta de Zaqueo fue triple: aceptó la llamada porque “descendió aprisa” y le “recibió gozoso”, confesó a Jesús públicamente en un ambiente muy hostil de desprecio y murmuración jugándose su futuro y puesto en pie (los judíos siempre decían lo importante en pie), y por último cambió, dejando de ser un corrupto y tratando de restituir el daño causado.

Seguramente no se os están escapando algunas implicaciones importantes pero permitidme que las repasemos. Habéis llegado a SETMEX con triunfos y fracasos. Probablemente en algunos o algunas pese más una cosa que otra como una losa. Seguramente por el camino hay luchas: -necesito más de Jesús pero no me atrevo a demostrarlo-, -¿podré con los estudios?-, - ¿cómo voy a servir a Jesús con mis heridas sin cerrar ni curar?-, -si los demás supiesen de mi pecado no me dejarían continuar-. Llegamos a Jesús con nuestra maleta emocional como Zaqueo y es ahí, en ese punto y no en otro, en el que se ha manifestado el llamado de Dios para buscar una preparación bíblica.

¡Hasta aquí el lamernos las heridas! ¡Tenemos una buena noticia, una gran y fabulosa noticia! Jesús de Nazaret ha venido, ha visto a todos, y quiero decir a todos, profesores y alumnos (permitidme que me incluya en los necesitados de Jesús), medio escondidos en un sicómoro muertos de miedo porque es Él quien nos ha buscado. Y lo mejor, se sabe nuestro nombre de memoria. Cuando se dejó clavar en una cruz pensaba también en cada una de las personas que conformamos SETMEX por nuestro nombre. Y ya pensaba en nuestros sentimientos de éxito y de fracaso. No podemos hacer nada por nosotros mismos porque el evangelio no se merece, se acepta.

 

Queridos, bajemos del árbol, invitemos a Jesús a casa una y mil veces más si es necesario y desechemos el temor al fracaso. Al fin y al cabo ya hemos sido profesionales del fracaso sin Cristo, ¿Por qué tener miedo entonces? Jesús ya nos ha rescatado. Ahora es tiempo de “devolver cuadruplicado”. No os conforméis. Estudiad. Sed perseverantes. Dad lo mejor que tengáis. Desechad el temor al fracaso porque cada uno de vosotros y de vosotras ya sois unos triunfadores al haber reconocido al Jesús Salvador y Señor. Y creedme que no os estoy hablando de calificaciones sino del ejercicio de vuestra voluntad para agradar al que se ganó con creces nuestro amor. ¡Hacedlo! ¡Sí! ¡Dadle a Jesús la gloria con vuestra vida de estudio! No os arredréis por oposición, temor o murmuración hostil. ¡Doblad los codos y demostrad de qué pasta estáis hechos!

“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

Sergio Moncayo

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